Érase una vez…

Érase una vez una niña (o niño) normal, de una familia normal, con sus alegrías y sus rabietas, que los días de sol estaba más activo y los nublados más triste. Esto ocurría porque sus papas no le dejaban salir a jugar bajo la lluvia. Ella veía aventuras, piratas, grandes ríos para sus barcos de juguete, o aventuras en un monzón en lo más profundo de una isla lejana… Sus papas veían resfriados, ropa sucia, charcos o barro en el patio de casa o en el parque…

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El niño (o niña) veía y observaba que a mamá el día de lluvia le dolía más la cabeza, se quejaba de su hombro… y papá estaba más raro, más serio, e incluso solía recordar con pesar la lesión que tuvo cuando era joven practicando deporte. Esto hacía que los días de lluvia, a papá y mamá encima les apeteciera menos jugar con él… Él no entendía por qué estaban más tristes, ni porque no querían jugar y mucho menos porque no le dejaban salir a jugar al jardín…

Con el tiempo este niño creció, se hizo hombre, e incluso quizás podría ser padre. Un día estando con su Fisioterapeuta de confianza tratándose de sus frecuentes dolores lumbares, según decían inespecíficos, le dijo:

“-¿Te puedo hacer una pregunta que tu entiendes de esto?

-Claro, y dos!

-¿Por qué me duele más cuando está nublado?…”

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